Era el ciego más feliz
sobre la faz de la tierra,
exceptuando, -¡cómo no!-,
a Stevie Wonder que es dios.
Cada noche durante el ritual
palpaba todo su cuerpo,
de arriba abajo,
y cada noche con su música
la descubría nueva
en cada rincón,
en cada centímetro,
en cada beso,
en cada roce,
en cada confesión al oído.
La vida era tierna
como un paraíso,
era lo que tendría que ser siempre,
la fusión de todo.
© Juan Andrés Silvente López