Efrain Eduardo Cajar González

Independencia de Grecia

I
Bajo el cielo antiguo del Egeo
donde el mármol guarda la verdad,
se alzó un clamor entre las sombras
rompiendo siglos de oscuridad.
Grecia despertó de su silencio
con la memoria de su esplendor,
y en cada valle, en cada templo,
ardió la llama de su honor.

II
No era solo un grito de guerra,
ni un eco vano de rebelión,
era la historia que reclamaba
su voz, su tierra y su razón.
Las montañas oyeron promesas,
los mares juraron libertad,
y el viento llevó entre sus notas
un canto nuevo de dignidad.

III
Hijos del mármol y la palabra,
de Sócrates y de Pericles,
alzaron la frente ante el destino
que quiso el alma someter.
No olvidaron su herencia antigua,
ni el fuego vivo del pensar,
porque en su sangre corría el pulso
de un pueblo que no sabe callar.

IV
Entre las ruinas de lo sagrado
y el eco eterno de su nación,
se alzaron voces firmes y claras
contra la dura dominación.
No era fácil romper cadenas
ni desafiar la opresión,
pero en el pecho de cada hombre
latía libre el corazón.

V
El fuego cruzó campos y aldeas,
la lucha ardió sin retroceder,
y en cada paso se hacía historia
de un pueblo decidido a renacer.
La noche quiso cubrir sus sueños,
pero no pudo apagar su fe,
porque la aurora estaba escrita
en el valor de cada ser.

VI
El mundo observó aquel despertar
como un poema de libertad,
y en cada verso de su lucha
resonó la antigua claridad.
Filósofos, héroes y poetas
parecían volver a vivir
en cada gesto de resistencia
que se negaba a sucumbir.

VII
Las islas cantaron su esperanza,
los montes guardaron su valor,
y el mar, testigo de sus gestas,
reflejaba su antiguo ardor.
Porque Grecia no era solo tierra,
ni un nombre escrito en la antigüedad,
era un espíritu indomable
que vuelve siempre a despertar.

VIII
La sangre derramada en sus caminos
no fue en vano, ni quedó sin voz,
pues cada sacrificio sembraba
el futuro que el tiempo trazó.
Y aunque la lucha fue larga y dura,
y el dolor marcó su andar,
la voluntad de ser libres
nunca dejó de brillar.

IX
Así se alzó la independencia
como un sol sobre el horizonte,
rompiendo siglos de silencio
con la fuerza de su nombre.
Grecia volvió a ser dueña de sí,
de su historia y su verdad,
y el mundo reconoció en su lucha
el valor de la libertad.

X
Hoy su bandera ondea en el viento
como símbolo de lo que fue,
una nación que supo levantarse
cuando todo parecía caer.
Y en cada azul y blanco que la forma
vive el recuerdo de aquel clamor,
de un pueblo que venció la noche
con la firmeza de su valor.

XI
Que nunca se olvide su historia,
ni el precio de aquella libertad,
porque en su lucha se encuentra
una lección para la humanidad.
Que ningún pueblo está destinado
a vivir sin voz ni dignidad,
si guarda en su esencia profunda
la voluntad de despertar.

XII
Así Grecia vive en el tiempo,
no solo en mármol ni en canción,
sino en el alma de los pueblos
que buscan su liberación.
Y mientras exista quien recuerde
su lucha, su fe y su verdad,
la independencia de Grecia
seguirá siendo eternidad.