Querido Stephen:
He leído los mensajes de los últimos días y me preocupan particularmente dos cosas.
Por un lado, su ferviente y admirable postura acerca de salvar este país a toda costa; noto con cierto detalle el proceso que ha iniciado con el fin de dejarles a sus hijos y a los hijos de todos un lugar distinto y mejor. Sin embargo, que ponga usted todas sus esperanzas en estas personas y deje de lado el propósito subjetivo que tiene la vida es la segunda cosa que me inquieta, porque bien sabemos que nuestros compatriotas no son, singularmente, personas que valoren el esfuerzo del otro.
Entiendo que nuestro camino es largo, lleno de dificultades que, a veces, sobrepasan toda concepción conocida por nuestra experticia en los hombres, y eso puede que nos caiga como un baldado de agua fría; pues los intereses de su causa (que también considero la mía), bien sé yo que son nobles y completamente ausentes de un interés particular, como muchos creen e incluso esperan.
No estoy de acuerdo con que su misión esté supeditada a lo que un consejo académico determine acerca de su aceptación o no en un campus que, aunque soñado, no deja de ser cuatro paredes (más longevas que todos), pero que no significan nada más de lo que nosotros podamos significar.
Espero que no malentienda lo que le digo. No estoy siendo trágico respecto a su futuro, ni mucho menos. Como alguien que ha estado a su lado —en ocasiones cerca, otras más bien lejos—, reconozco la brillantez que habita en usted, el esfuerzo, la lucha, el amor que siente por estas tierras, por estas gentes. No; lo que yo digo es que usted es mucho más que una institución, está por encima de eso, y no puede dejar que su corazón y sus ambiciones, tanto personales como globales, estén maniatadas a dicho evento.
Quisiera recordarle, para finalizar, un pasaje de nuestra vida, un pequeño capítulo de este andar tan maravilloso que es este camino:
Hace años tuvimos la oportunidad de reconocernos en un aula, en una reunión, en unas calles que hoy en día llevan nuestros nombres; han escuchado nuestras historias, han presenciado de primera mano los actos más atrevidos, locos y puros que pudiéramos darles. Usted, con su irreverencia; yo, con mi parsimonia. Y, aunque no siempre ha sido de la misma forma, ambos hemos hecho de su numen y del mío algo que está por encima del dinero, de las letras, del conocimiento. El legado lo estamos dejando en nuestros hermanos, nuestros padres, abuelos, ahijados y todos aquellos que, de una u otra manera, han tenido la oportunidad de encontrarse con nosotros.
No quiero que sienta que lo adulo o que estoy siendo pretencioso con esta forma de escribir. Lo que espero que entienda es que nuestras vidas, en sí mismas —por la gracia de no sé qué—, ya están haciendo historia; y que usted, sobre todo usted, es más grande que cualquier expresidente, cualquier gran emperador. Y que, en esta vida, la fortuna de haberlo tenido no la cambio por nada, ni por nadie.