Guerra Nuclear
I. El martillo del clima
Cuando el hollín ascienda como un dios oscuro
desde las ciudades convertidas en brasas,
los vientos alisios cambiarán su rumbo antiguo
y el Pacífico entero padecerá fiebre extraña.
Las cenizas de mil plásticos ardidos
—poliuretano, poliestireno, nailon—
formarán un sudario sobre el mundo
y la luz se convertirá en memoria.
Siete años durará el Niño nuclear,
siete inviernos sin primavera.
El fitoplancton cesará su labor de alquimia
y los mares quedarán mudos y vacíos.
II. El frío
Los termómetros caerán como plomadas
hasta veinticinco grados bajo cero
en las zonas templadas,
y en el norte el frío será una cuchilla
capaz de partir el alba.
La fotosíntesis será un verbo muerto,
las plantas olvidarán su oficio verde,
y el hambre recorrerá los continentes
con paso de espectro.
Los países que no dispararon ni una bomba
serán los más castigados:
sus graneros vacíos,
sus ríos congelados,
sus niños mirando el cielo gris.
III. La lluvia que mata
No será agua la que caiga del cielo,
sino partículas radiactivas,
polvo de uranio y plutonio
disperso como semillas malditas.
En cuarenta y ocho horas
el hemisferio norte recibirá
su dosis de gamma:
diez rads en los cuerpos,
cien veces más de lo permitido.
Los lagos beberán veneno,
los peces flotarán panza arriba,
y los que sobrevivan
llevarán la muerte en sus escamas.
IV. El silencio de los escombros
Un soldado desconocido yace bajo los hierros;
su novia no sabrá nunca dónde cayó,
sus padres esperarán en vano su regreso
mientras el mundo entero se deshace en humo.
Los generales llaman «piezas» a los hombres
que pierden en el tablero,
pero las familias los pierden
para siempre, en el dolor.
Y en los refugios subterráneos,
los sobrevivientes escuchan
el pulso electromagnético
que borró de un zarpazo
la memoria de las máquinas
y la voz de las radios.
V. La advertencia
Como aquel que escribió versos contra Hiroshima
y vio en las cenizas el futuro,
levantemos esta letanía
para que no sea profecía.
Los arsenales suman doce mil megatones;
bastaría la centésima parte
para que la muerte sea ciega
y la vida, un recuerdo.
No hay ganadores en este juego,
solo una locura mutua y asegurada:
Destrucción Mutua Asegurada,
que simplemente significa:
ninguno sobrevive.
Porque cuando caiga la nieve negra
y el sol sea apenas una mancha pálida
detrás de los humos estratosféricos,
comprenderemos —demasiado tarde—
que el verdadero nombre de la guerra
es suicidio.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2024.