DONDE NO MIENTES
Camina despacio.
No por virtud.
Aprendiste:
correr es huir disfrazado.
Cruza el ruido
como quien salva una urbe en llamas:
sin fiarte de los gritos,
sin morder promesas rancias.
Escucha.
No todo silencio es paz.
Algunos te borran.
La alcoba
donde extraviaste tu nombre
sin volver por él.
Respira —
no como el meditador en éxtasis,
sino como el náufrago
que se dice la verdad.
No te compares.
Las vidas ajenas: postales sin reverso.
Cada quien carga su invierno —
algunos lo llaman primavera.
El tiempo no cura.
Reordena las heridas,
las vuelve dóciles.
Has perdido cosas.
Personas.
Versiones tuyas
que ya no reconocerías.
Las ausencias no purgan:
amplían el eco.
Sé amable contigo,
pero no te inventes inocente.
También mentiste.
También callaste.
Y aun así
sigues aquí.
No por grandeza,
sino por insistencia.
Eres polvo que recuerda demasiado:
una casualidad
que aprendió a nombrarse
en el torbellino.
Con los árboles compartes
la obstinación de existir
sin motivo.
Cuando el mapa falle —fallará—
el camino no se descifra:
se habita.
Mantén tregua con tu alma.
Y si no,
al menos no le declares guerra
cada vez que te defrauda.
La vida no es sabia.
Persiste.
Y en su persistir
mezcla belleza y absurdo,
ternura y saña,
instantes tan puros
que redimen lo demás.
El mundo no es bello.
Pero a ratos —
sin anunciarse —
deja escapar belleza
como un fallo radiante.
Y basta.
Pero insiste.