Lo que no dije
I. Prosa
Ella dijo que el silencio era solo ausencia de palabras. Yo, que la escuchaba desde el umbral de mi propia cobardía, supe entonces que mentía. Hay un idioma más antiguo que la voz, que se aprende en las grietas de la noche, cuando dos almas se tocan sin atreverse a nombrarse. Lo que no dije aquella tarde, mientras el viento movía las cortinas y sus manos reposaban quietas sobre la mesa, pesaba más que todas las certezas que pude ofrecer. Fue un mundo entero de posibilidades ahogado en la garganta, un bosque de gestos que nunca germinaron. A veces, en la madrugada, aún recorro ese territorio mudo, y me parece escuchar el eco de lo que debió ser un grito y se quedó en un suspiro. Las palabras se las lleva el tiempo; lo no dicho se incrusta en el alma como una astilla de eternidad.
II. Soneto (El peso de la sombra)
Callé la luz que en tu mirar ardía,
callé el temblor que al pronunciar tu nombre
me deshacía el alma, y fui hombre
que guardó su verdad en la agonía.
Tu risa, como un agua, me envolvía,
y yo, mendigo de un amor sin nombre,
dejé pasar la vida, y fuiste, asombre,
la sed que en mí para siempre viviría.
Crecen las zarzas de lo no expresado
en este corazón que te nombra ausente,
y aprendo que el amor es un tejido
que se hace con la pausa y con el hilo
de lo que queda, mudo, entre la gente:
lo que no dije, se volvió sagrado.
III. Décimas (Espinelas)
En el umbral de la boca,
se quedó el mundo por decir.
No pude, al fin, concebir
la palabra que me ahoga.
Tu mano, quieta, despoja
mi voluntad de cristal.
Fue un silencio tan brutal
como un beso en la retirada,
y el alma, de no ser nada,
se hizo un eco inmaterial.
Te vi partir con la tarde,
llevándote mi secreto.
Callé, no sé si discreto
o por un miedo cobarde.
Nadie, después, me alarde
de haber sido el dueño fiero
de un amor verdadero.
Solo en mi pecho llevé
lo que nunca te conté:
el poema que no te dije entero.
IV. Romance (Ay, la tarde)
Ay, la tarde se caía
como un puñal de terciopelo.
Tus ojos, dos azabaches,
miraban hacia el cielo.
Yo tenía en la garganta
un enjambre de luceros,
y los dejé ir uno a uno,
cada cual, por mi miedo.
Dijiste: “Viene la noche”.
Y yo, torpe, dije: “Es cierto”.
Pero quería decir: “Quédate,
que en tu luz yo me despego
de esta sombra que me habita,
de este frío que es mi hueso”.
No lo dije. El viento alzó
tu vestido de reflejos.
Y te alejaste despacio,
como un verso que no empiezo.
Desde entonces, por las calles,
busco tu nombre en el viento,
y hablo solo en las esquinas
el discurso que me has dueño.
Lo que no dije se ha vuelto
un fantasma en mi aposento:
con tu voz y con mi angustia,
con mi sangre y tu recuerdo.
V. Alejandrinos (Lo que la boca esconde)
Las palabras se fueron, mudas, a su destino,
como pájaros ciegos al mar de lo imposible.
Tu mano en la penumbra temblaba, indefinible,
y yo, fiel a mi sombra, callé lo más divino.
El aire nos tejía un lazo clandestino
de aromas y de pausas, un territorio insomne.
Callé por no romperte el círculo de nombre,
por no saber si el alma se entrega o se desdice.
Hay un jardín secreto que crece en la distancia,
un árbol de silencios que da frutos de ausencia,
y en cada fruto amargo, tu rostro y mi ignorancia.
Hoy sé que el más amargo de todos los venenos
no es odio ni olvido, sino esta penitencia
de haberme muerto en vida por no decir “te amo”.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid
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