Alberto Escobar

No me gusta

 

 

 

No me gusta.
Ídem escribir con poca luz, 
los ojos son oro en paño,
la vista no es un manantial
inagotable —no deberíalo ser—,
y es que sin ver no existe nada,
no hay prueba palpable 
de que algo rinde, fluye, es, 
si no eres su notario firmante. 
No me gusta, y he tenido —
precisamente por ese no gusto—
que encender la luz cenital
de mi habitación habida cuenta
de que la que entraba al través
de la ventana no conjuraba, no
contrarrestaba el brillo que hacia
los ojos proyectaba la pantalla,
y eso que —tal y como mi padre
me enseñó— tiendo a aprovechar
los recursos que generosamente
nos ofrece la naturaleza en vez de 
gastar, echar mano a un bolsillo
que de pequeño albergaba de facto
un león dentro, un sampedro rabioso. 
No me gusta, y era tal el no gusto
que tenía al iniciar este fiasco, este 
desaguisado, que tuve que levantarme
de la silla eléctrica en la que ya estaba
acomodado para accionar el interruptor,
poner en marcha el cuentavatios
de una estación eléctrica próxima y, al
unísono, insistir en el adelgazamiento
dietético a que estaba sometiendo, tiempo
ha, a ese bolsillo, ese estrecho, ese delgado
bolsillo que, añorante de su infancia, sigue
conservando, aunque fuese en efigie, ese
león que mi padre, solícito pater familias,
obrero, afanoso y hacendoso, me instaló,
siendo muy niño, en las bocanas laterales
del pantalón bombacho color marrón,
repetitivo, constante, testigo de andanzas
colegiales como de fiestas de guardar,
y de celebraciones litúrgicas de toda laya. 
Sí, lo sigo pensando, lo sostengo...
No me gusta.