Levántate, pequeño hijo de las raíces,
tú que guardas en tu puño el polen de los siglos.
Es hora de que tus pies de barro reconozcan su camino,
porque el tiempo no es un río, sino una cordillera de sombras
que debes escalar con el pecho desnudo.
Deja ya el juguete de mimbre, la pequeña madera del descanso,
porque la tierra te llama con su voz de volcán y de ceniza.
Acepta tu destino como se acepta el golpe del hacha en el bosque,
amarás con el fuego de los volcanes,
con una sangre que arde y se derrama,
y conocerás el desamor como una sequía que agrieta la llanura,
un desierto de cal donde los huesos de los antiguos todavía claman.
Mira hacia la ciudad de los hombres, ese laberinto de acero frío,
donde la humanidad olvida su nombre bajo el cemento.
Allí, el hermano es una piedra que no saluda,
y lo cotidiano es un mercado de humo y de fatiga.
Pero tú, cachorro del ingenio y la ventura,
acepta la aspereza de tu piel que madura,
porque envejecer es solo hundirse más hondo en la patria,
hacerse raíz, hacerse estrato, hacerse geología de la esperanza.
Acepta el pan duro y la herramienta, el invierno de los metales,
y camina sobre la soledad de los siglos con pasos de hierro.
Tú eres un niño que juega, eres el futuro que ya respira,
un capitán de greda que debe sostener, sobre sus hombros,
toda la luz y todo el peso de tu alma descalza.