Ruth, semilla de fuego,
raíz primera, fruto inmortal
del árbol secreto de nuestra sangre.
La noche, con sus mantos oscuros,
no ha podido apagar tu canto:
sigue latiendo en lo profundo, del viento
como sagrada rebelión
contra las manos de un olvido sin tiempo.
La vida, esa danza impredecible,
nos dejó tu sonrisa como herencia;
y aunque falte tu abrazo,
tu esencia perfume de mar, permanece:
eras un aroma de café recién hecho,
brisa tibia que besa la orilla
sin preguntar por el rio.
Ruth, en este camino marchito, tu ausencia pesa,
pero junto al sol arde una luz eterna:
un latido que palpita en cada hijo,
en cada nieto,
savia en cada gesto
que vuelve a pronunciar tu nombre.
Eres viento que agita las hojas,
sol que templa los inviernos,
palabra silenciosa
que sostiene este poema interminable.
Porque mientras exista un solo corazón
que te recuerde,
Ruth,
la muerte retrocede,
el tiempo se inclina,
y tu luz —invicta, profunda—
vuelve a nacer
en cada aurora de nuestra sangre.