Marvin Ramirez

Ecos en la Ciudad Vieja

En unos días volveré a nuestra vieja ciudad. El calendario ha seguido su marcha implacable, pero en cada esquina el tiempo parece haberse detenido, guardando mis recuerdos bajo llave. Vuelvo por necesidad, pero también por esa urgencia del alma que me empuja a enfrentar el peso de tu ausencia en las mismas calles que una vez fueron nuestras.

 

​Admito que tengo miedo. Me aterra caminar por el escenario donde te amé con locura y donde el placer tatuó cada rincón con el eco de nuestras risas. La luna, que tantas veces fue cómplice de nuestras promesas silenciosas, me verá ahora despojado de tu mano. Sé que su mirada plateada me interrogará; me preguntará qué fue de la luz que nos guiaba, y me quedaré mudo, sin respuestas que ofrecerle al cielo.

 

​Siento el pulso acelerado por un deseo que no conoce razones: la tentación de correr a tu puerta, de buscar el milagro de una sonrisa involuntaria al verme. Anhelo ese segundo suspendido, ese instante mágico donde el mundo se apaga y solo existimos nosotros. Es un incendio en el pecho, una nostalgia viva que se niega a entender que los años han pasado.

 

​Pero el miedo es más oscuro al final del camino. Me aterra encontrar el vacío: una casa mudada, un capítulo sellado con cemento, o el rastro de una vida donde ya no quepa mi nombre. Temo que otros brazos sean ahora tu refugio, pero sobre todo, temo el silencio de tu memoria. Me da pavor que, mientras tú sigues siendo el centro de mi universo, yo me haya convertido apenas en la sombra de un extraño cuyo nombre ya no logras recordar.