La mirada del público te quita la piel y te palma los huesos,
pero tu semblante se mantiene... ¿quieto?
Escuchas las charlas como oratorias en medio del paraíso.
Tus ojos brillan en señal de desconcierto.
Una incredulidad que se arraiga a tu infancia como las raíces de un roble.
Te puedo ayudar a alcanzar los cables pelados con las palmas desnudas.
Al menos la descarga te haría erguir los ojos y cerrar la boca.
Verías la espera en la que estamos injertos.
Conocerías la resolución al final del camino.
Pero te pondrías de rodillas con las manos empuñadas hacia el cielo.
Con la corazonada que te confirma lo que has estado guardando bajo las reliquias.