Luis Barreda Morán

Los Niños de Gaza no cuentan estrellas

Los Niños de Gaza no cuentan estrellas

I.

No es un solo nombre, es una multitud
que aún respira y ya no sabe cómo.
No es una sola historia, es un idioma
que se quiebra en la garganta
antes de ser palabra.

Sobrevivir, dicen.
Pero ¿cómo se llama esto
que queda después del fuego?
Un niño abre los ojos entre escombros
y busca una mano que ya no existe.
Escucha un silencio que antes fue casa.
Respira polvo que antes fue padre.

La guerra inventó un término nuevo
para lo que no debería tener nombre:
niño herido, sin familia superviviente.
Siete palabras para decir:
no queda nadie que sepa
cómo lo llamabas en la noche,
nadie que recuerde
la primera vez que caminaste.

II.

Treinta y nueve mil huérfanos.
La cifra es fría,
pero cada número es un cuerpo pequeño
que aprende a no preguntar
cuándo vuelven.
Cada número es una cama vacía
en una tienda de lona,
es una mano que sostiene otra mano
más pequeña todavía,
es un hermano de siete años
diciéndole al de cuatro:
yo soy tu casa ahora.

Diecisiete mil
sin ningún padre, ninguna madre.
Ni siquiera un nombre para decir mamá
en la madrugada del miedo.
Solo el eco.

III.

Y luego están los que no llegaron.
Veinte mil niños asesinados.
No son números.
Son juegos interrumpidos,
un balón que rueda solo
por una calle que ya no tiene niños.
Son cuadernos con letras sin terminar,
una erre que empezaba a salir redonda,
un dibujo del sol
que nunca recibió color.

Veinte mil veces un cuerpo pequeño
envuelto en tela blanca.
Veinte mil veces una madre
buscando entre los cascotes
una mano que aún reconozca la suya.
Veinte mil veces el último latido
de alguien que apenas había aprendido
a contar hasta diez.

IV.

Gaza es ahora un territorio
de infancias amputadas.
No hay escuela donde decir
el futuro es mío.
No hay pan que alcance
para tantas bocas diminutas.
No hay asistencia
que suture el lugar exacto
donde la infancia se rompió.

Solo supervivencia.
Y la supervivencia
no sabe jugar,
no sabe reírse
de una mosca en la nariz,
no sabe saltar a la comba
mientras las bombas callan
porque las bombas
nunca callan del todo
en la memoria de un niño.

V.

Los huérfanos de Gaza
caminan entre adultos
con ojos que han visto
lo que ningún ojo debería ver.
Llevan dentro
el mapa exacto del derrumbe:
saben dónde estaba la cocina
antes de que cayera el bloque,
saben cuántos pasos hay
desde el umbral
hasta el lugar donde papá
se sentaba a leer.

Algunos aún esperan.
Otros ya han dejado de esperar.
Los más pequeños
buscan en cada mujer que pasa
algo que les recuerde
un olor perdido.
Los más grandes
han aprendido a no buscar.

VI.

Generaciones enteras
arrasadas.
No es una metáfora,
es una política
ejecutada con precisión quirúrgica:
matar al padre,
matar a la madre,
dejar al niño
en pie,
para que después
no sepa cómo seguir en pie.

La orfandad masiva
no es un daño colateral.
Es un diseño.
Es la forma más lenta
de terminar una guerra:
matar el pasado de un niño
para que su futuro
sea solo escombro.

VII.

Y sin embargo,
en medio de este infierno
de más de veinte mil muertos
y treinta y nueve mil huérfanos,
algo insiste en vivir.

Una niña escribe con carbón
en una pared derruida:
mi nombre es Jamila
y mi madre era hermosa.
Un niño guarda en el bolsillo
una llave que ya no abre nada,
pero la aprieta con fuerza
cuando truena el cielo.
Un hermano mayor
le enseña al pequeño
las estrellas que aún se ven
entre los drones:
esa era la estrella de papá,
dice,
ahora es tuya.

VIII.

¿Qué poema puede sostener
tanto peso?
¿Qué palabras
no se vuelven cómplices
si se quedan en belleza?

Escribo esto
mientras ellos
no tienen ni para el llanto.
Escribo esto
y ya sé que ningún verso
alcanza para cobijar
a un solo niño
que duerme sin manta
y sin madre.

Pero escribir
es no callar.
Y no callar
es la única forma
de no ser también
un poco cómplice.

IX.

A los huérfanos de Gaza,
a los veinte mil niños asesinados,
a los que ya no tienen
quien los nombre al caer la noche,
a los que aún buscan
entre los escombros
un juguete que ya no existe,
a los que han aprendido
a distinguir
el sonido de cada dron,
a los que ya no lloran
porque se les secaron
las lágrimas antes del tiempo,
a los que sobreviven
sin saber para qué,
a todos ellos,
a sus padres ausentes
que no pudieron protegerlos
porque ni ellos estaban protegidos,
a todas las generaciones arrasadas:

no los nombramos
para enterrarlos dos veces.
Los nombramos
para que el mundo sepa
que en Gaza
la infancia no es un tiempo
sino una herida abierta.

X.

Y mientras escribo esto,
alguien en Gaza,
un niño, una niña,
aprieta contra el pecho
el único juguete que le queda:
un trozo de tela
que fue la camisa de su padre.
Y no sabe
si guardar el olor
es preservar
o es no dejar ir.

Nadie le enseñó
cómo se sobrevive
a la pérdida de todo
antes de cumplir diez años.
Nadie le dijo
que la palabra huérfano
pesa tanto
que los hombros se doblan
y aún así hay que seguir.

XI.

Gaza,
cuna de generaciones arrasadas.
Sobre tu tierra
los niños ya no juegan a la guerra
porque la guerra
no es un juego
cuando has visto
lo que ellos han visto.
Ahora juegan a ser adultos
porque alguien tuvo que serlo
cuando los adultos
ya no estaban.

Pero si algo sobrevive
a este diseño de ceniza
es esa obstinación diminuta:
un niño que planta
una semilla
entre dos bombardeos,
una niña que recita
un poema
mientras caen los misiles,
un hermano que dice
no tengas miedo
aunque él mismo tiembla.

XII.

Porque la infancia
no se rinde aunque la maten.
Porque veinte mil niños asesinados
no son veinte mil derrotas
sino veinte mil razones
para no bajar la mirada.
Porque treinta y nueve mil huérfanos
no son treinta y nueve mil finales
sino treinta y nueve mil principios
que se niegan a ser
el último capítulo.

Escribo esto para que se sepa:
en Gaza,
aún hay niños que sueñan.
No saben con qué,
no saben cómo,
pero sueñan.
Y mientras sueñan,
la guerra no ha ganado del todo.

XIII.

Termino este poema
sin consuelo,
sin moraleja,
sin esa paz
que los versos a veces fingen.
Termino sabiendo
que ninguna palabra
alcanza para resucitar
a veinte mil niños,
para devolverles
los padres
a treinta y nueve mil huérfanos.

Pero si este poema
es leído por alguien
que todavía puede sentir
la vergüenza
de que esto ocurra
mientras el mundo mira
y no mira,
entonces,
quizás,
estas palabras
no fueron del todo inútiles.

XIV.

A los niños asesinados de Gaza:
no los olvidamos.
A los huérfanos de Gaza:
no los abandonamos
en el silencio.
A las generaciones arrasadas:
no permitiremos
que su nombre
se escriba solo
en pasado.

Gaza,
tierra de niños sin infancia,
tierra de madres sin hijos,
tierra de padres sin regreso:
tu orfandad es también nuestra.
Y mientras haya una sola voz
que diga basta,
tu memoria no será
solo ruinas.

Que estos versos
sean una piedra más
en el muro
de la indiferencia.
Que se claven
como una grieta
en la conciencia
de los que prefieren no saber.

Por los huérfanos.
Por los niños asesinados.
Por los que ya no tienen nombre
y por los que aún lo conservan
aferrados a él
como a una última casa.

No callaremos.
No es un poema.
Es una promesa.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Diciembre, 2025.