Odio esta etapa de mí.
Odio jugar a ser el héroe,
vestirme del caballero educado
que rescata a la princesa.
La odio, sobre todo, porque no puedo —ni aunque quisiera—
jugar el otro papel:
el del diablo de tu oído,
el del villano del cuento,
el que te convence de las cosas que realmente quiero
y que no son del todo buenas.
El que habla sin filtro, con palabras poco solemnes, nada decorosas,
de las mañas con las que mi cabeza juega a enloquecerme todos los días.
Odio no ser ese, él que deja la hidalguía de lado
y abusa de tus puntos frágiles y debilidades.
Odio cuidarte como lo hago,
respetar tu tiempo y tus espacios mientras aguardo paciente
la próxima vez que la buena fortuna decida
que ya es momento de volver a juntar nuestros labios.
Odio con esmero mi paciencia.
Y lo odio, sobre todo,
porque detesto la incertidumbre;
y la intensidad con que creo escenarios a tu lado;
la velocidad con la que mi cabeza te quita la ropa;
la electricidad que tu sonrisa y tus ojos provocan y producen,
la euforia de una droga que ya no puedo controlar.
Sin embargo, me mantengo en calma,
sobre todo por las noches cuando pienso —como un estratega napoleónico—
cuál es el camino más corto para cuidar de tus sueños.
Mientras me desvelo uniendo lunares con mi mano en tu espalda,
por miedo a quedarme dormido del todo,
y que, como castigo, segundos antes de despertar,
me hables al oído para sentenciarme
de tu amor, de tu sexo y de tu piel,
y decirme que hasta tu perfume fue un simple sueño.
Y entonces cuando todo crea acabar odiaría mi persistencia, y mi afán,
porque buscaría en todas las noches,
bajo la tinta, bajo la pluma y bajo la almohada,
rastros que me lleven a encontrarte, o inventarte si no te encuentro,
para comenzar de nuevo el ciclo
y aprender de nuevo todas las formas
en las que quisiera quererte, mientras te odio por no estar al lado mío.