Me has salvado de tantas
y tomaste mi mano
cuando estuve a punto de partir.
Me diste un lápiz,
un cuaderno
y la libertad de expresar
mis dolores más recónditos
entre líneas grises.
Me abrazaste en domingos
de desesperación,
quitaste la daga de mis manos
para cambiarla por tinta negra
que me hacía menos daño.
Y sí,
me mostraste quién soy.
Ahora escribo
no para el mundo
sino para quienes saben leer el alma
sin pedir explicaciones.
Por eso mi medio es exclusivo;
solo para los que deciden quedarse
sin entender,
sin caos,
solo amor.
Gracias,
bendita poesía.