Se dice que una sola luciérnaga
es el fin de la oscuridad,
y basta su leve latido de luz
para romper la noche más profunda.
Siempre habrá una luciérnaga,
pequeña, casi invisible,
pero firme en su propósito,
desafiando la sombra sin pedir permiso
Guía de luz en medio de la nada,
Inmaculada chispa que rompe la penumbra,
solemne en su calma, abrazando la noche,
sigilosa avanza donde el miedo habita,
encontrando caminos donde no los hay,
luz pequeña que vence la inmensidad
oscura,
ante todo, faro eterno que nos devuelve la paz.
Y aunque la oscuridad parezca eterna,
su brillo basta,
porque no importa cuán pequeña se crea la luz,
siempre tendrá el poder
de derrumbar aquello que nos quiere en sombras
y devolvernos, sin ruido,
al refugio de la calma.