Dulce era la noche,
y el cielo ostentaba
un manto de perlas.
El aire arrastraba
todos los perfumes
de la primavera,
y el alba, pujaba
con luces bermejas
detrás de los montes
por hacerse reina.
Un mosquito -ufano-
murmuró en mi oreja:
-Goza sin prejuicios
esta noche bella
porque no es seguro
que otra más te venga.
Y yo, con mi mente
de ilusiones llena,
cogí mis ensueños,
me subí a una estrella,
y contemplé al mundo
como degenera.
Los pobres durmiendo
sobre las aceras.
Políticos sucios
con palabras puercas.
Y miré hacia abajo,
y vi a las potencias
cubiertas de seda
lavarse las manos
con la sangre ajena.
Cerrando los ojos
olvidé a la tierra.
Vagué por el éter
de estrella en estrella.
Y hoy vivo esperando
la parca certera.