No es que el tiempo nos devore,
es que nos va puliendo los rincones
para que quepa más luz en la mirada.
El ser no es un abismo, es una siembra,
un hilván de milagros cotidianos
que ocurren mientras vas por la vereda.
La vida no es un rastro de ceniza,
sino una tregua invadida por el cielo;
un asombro que insiste, una certeza
de que alguien, allá arriba o acá adentro,
va dictando los pasos del camino
y nos guarda un abrazo en el invierno.
El tiempo es el artesano de los encuentros,
el que acomoda el azar con puntería
para que la esperanza sea un hecho,
una moneda de fe que no se agota
y que brilla en el fondo del desvelo.
Estamos hechos de barro y de infinito,
de un tiempo que es semilla y no caída;
porque al final, la verdad es este puente
que cruza del silencio hacia la risa,
convencidos de que la última palabra
no la tiene la muerte, sino la vida.