Lucho desde el alba
por vivir el día diferente.
Dejo de luchar al anochecer,
el día ha sido el mismo que ayer.
Pero algo,
casi invisible,
ha cambiado de sitio.
No en las horas,
ni en la rutina que se repite,
sino en este pulso
que insiste
sin saber por qué.
Porque aunque todo parezca volver
al mismo punto,
yo ya no soy exactamente el mismo
que lo mira.
Y en esa mínima grieta,
donde nadie aplaude,
empieza a nacer
lo diferente.
No como un golpe,
no como un milagro,
sino como la luz
que tarda en darse cuenta
de que ya ha llegado.
Y cuando al fin comprendo
que no necesito vencer al día
sino habitar su pequeña desviación,
entonces la lucha
ya no es contra el tiempo
sino a favor de ese latido
que elijo nombrar.
Así,
sin estrépito,
lo nuevo no irrumpe:
se filtra.
Como el agua que encuentra
la única piedra floja
y sigue.
Ya no espero el gran cambio
que me redima del todo.
Aprendo a reconocer
lo que ya está mudando
en ese espacio ínfimo
donde la costumbre
no alcanza a poner nombre.
Y si mañana vuelvo a levantarme
con el peso de lo mismo,
sabré buscar
no lo que falta,
sino ese casi nada
que ya está germinando
sin pedir permiso.
Antonio Portillo Spinola