En el silencio largo de las tardes
donde la memoria tiembla como un ciprés herido,
vuelve tu nombre no como llama,
sino como ceniza que no termina de apagarse.
Fuiste mía en la edad donde el alma
cree en lo eterno sin saber de ruinas,
cuando el amor era un río limpio
y yo bebía de tus ojos sin sospecha.
Te abrí caminos con mis manos desnudas,
te ofrecí un sitio entre la vida y el sueño,
y fue en ese mismo recinto de paredes blancas
donde tu sombra aprendió a negarme.
No fue un grito lo que rompió mi mundo,
fue un silencio lento, hondo, irrevocable,
como cae la tarde sobre un campo vacío
donde ya no vuelve el canto.
Se me fue contigo la juventud entera,
los días que creí sembrados para siempre,
y aquella esperanza ingenua y luminosa
de amarte más allá del tiempo.
Después la vida siguió su curso de hierro:
otro nombre, otro hogar, otra historia
y también la herida inevitable del abandono,
como si el destino reclamara su deuda.
Hoy te recuerdo sin ira,
pero con una tristeza que sabe a eternidad;
porque no duele solo lo que fuiste,
sino lo que nunca volvió a ser.
Y en este rincón donde el alma envejece
mirando hacia atrás como quien reza,
comprendo que hay amores que no mueren
solo se vuelven silencio dentro de uno.