Del adiós, ¿qué habrá de quedarme,
sino lívida sombra olvidada
en los hondos cauces del sueño?
Inerte, al roce postrimero me convocan
los álamos deshojados de la tierra,
tácitos custodios de lo pétreo.
¿Qué habré de lamentar, si en la noche
fecundan sus densas tinieblas,
y de la pesada, extensa vida
—argéntea y fugitiva—
apenas rescato fragmentos de sueño?
Dios, ¿qué vestigio persistirá de mí
cuando yo mismo me extinga y muera?
¿Será tan solo un adiós sin dolor,
o el llanto desbordado y sin consuelo?
De la pesadilla, lloraré y lloraré
hasta perderme en la muerte.