Ante la batalla, el miedo,
la incertidumbre
y la sombra,
con los pies firmes en la tierra,
el corazón en cada acto
y el pulso en cada aliento,
resistir y afrontar
lo que venga,
con dignidad
y entereza.
Y, agradeciendo
cada aliento,
cada instante habitado
con profundidad
y sentido,
¡que el paraíso sea obra propia,
nacido de la esencia;
que no sea meta, sino presencia!
Para ello, centrarse en el presente
y sostener lo que llegue
hasta la hora de partir,
con los deberes cumplidos.