Luis Barreda Morán

Amar es nacer dos veces

Amar es nacer dos veces

Hay un amor del que casi nunca hablo,
no porque duela o porque haya sido en vano,
sino porque habita en una zona tan íntima del corazón
que las palabras se quedan cortas,
y el silencio es la única forma de nombrarlo.

Llegó sin hacer ruido,
sin pedir permiso a mis planes,
sin avisar a mis miedos.
Llegó una tarde cualquiera,
en un llanto recién estrenado,
en una piel tan diminuta y frágil
que parecía un sueño tejido con niebla.

Y sin embargo,
desde ese instante todo cambió.
El mundo, antes tan ancho, se volvió pequeño.
La urgencia, antes tan ruidosa, aprendió a esperar.
Y yo, que creía conocerme,
me descubrí de pronto siendo otra,
siendo una versión de mí que no existía en los mapas
que había dibujado hasta entonces.

Es un amor que no promete,
porque no necesita hacerlo.
No dice \"para siempre\" con la boca,
pero lo dice todo cuando amanece
y tú sigues ahí, respirando a mi lado,
con esa paz que solo dan los sueños cumplidos.

Es un amor que no juzga,
que no pone condiciones,
que no espera nada a cambio
más que la oportunidad de seguir dando.
Y en esa entrega sin red,
sin cálculo,
sin medida,
he encontrado la versión más pura de mí misma.

Me ha enseñado a mirarme con más calma,
a tratarme con la misma ternura
con la que trato tus heridas,
a perdonarme con la misma facilidad
con la que perdono tus travesuras.
Me ha descubierto una fuerza que ignoraba,
un coraje antiguo y nuevo a la vez,
una paciencia que no sabía que existía
dentro de este corazón que antes solo latía
para sí mismo.

Otros amores llegan como estaciones:
la primavera con su vértigo,
el verano con su fuego,
el otoño con su melancolía.
Llegan, nos visten de colores,
nos dejan una canción,
una carta,
un recuerdo empañado por el tiempo,
y luego siguen su camino,
como ríos que buscan otros mares.

Pero este amor no.
Este amor no es una estación,
es el clima entero.
No es un río que pasa,
es el mar que siempre espera.
No depende del calendario,
ni de la distancia que a veces nos separe,
ni de los cambios que la vida nos impone
cuando creces,
cuando te vas,
cuando vuelves convertido en alguien
que apenas reconozco,
aunque sé que sigues siendo el mismo
que una vez sostuve entre mis brazos.

Este amor respira dentro de mí
como una raíz que no se ve,
pero que sostiene el árbol entero.
Está en mi sangre,
en mi forma de caminar,
en la manera en que miro el futuro
sin tanto miedo,
porque sé que, pase lo que pase,
siempre habrá un pedazo de mí
caminando por el mundo.

A veces me preguntan de dónde viene
esta forma tan mía de abrazar la vida,
esta manía de encontrar belleza
en lo pequeño,
esta obsesión de construir hogares
en cualquier parte.
Y yo sonrío, sin decir palabra,
porque la respuesta vive fuera de mí
y a la vez tan dentro,
que explicarla sería reducirla.

La respuesta tiene tus ojos,
tiene tu risa,
tiene esa manía tuya de llamarme
justo cuando más lo necesito,
sin saber que lo necesito.
La respuesta caminó por primera vez
entre mis miedos y mis dudas,
y sin querer,
sin proponérselo,
fue desatando nudos que creía eternos,
fue iluminando sombras que creía para siempre.

Entonces comprendo lo que el alma
siempre supo,
lo que las palabras apenas pueden rozar:

El amor más grande,
más hondo,
más verdadero,
el que me sostiene cuando todo tiembla,
el que me levanta cuando todo pesa,
el que me recuerda quién soy
cuando me olvido,
no es un amor que llegó a mi vida
para quedarse un rato,
para enseñarme algo
y luego irse.

Es el amor que nació conmigo
el día que naciste tú.
Ese día no solo llegaste al mundo.
Ese día,
yo también llegué a mí.

Desde entonces vives en mí
como un latido paralelo,
como una respiración compartida,
como un amor que no se acaba,
que no se gasta,
que no se rinde.
De esos que no terminan
mientras el corazón
siga empeñado en latir.

Y aunque los años pasen,
aunque te hagas grande,
aunque un día te vayas lejos
a construir tus propios sueños,
siempre llevarás con mi sangre
este amor que no entiende de distancias,
que no conoce el olvido,
que no sabe hacer otra cosa
que quererte.

Porque hay amores que empiezan y terminan,
que llegan y se van,
que fueron y ya no son.

Pero hay otros,
como este,
que nacieron para quedarse.
Para siempre.
En cada latido.
En cada recuerdo.
En cada respiración.

Y así,
sin hacer ruido,
sin pedir nada,
sin prometer eternidades,
este amor sigue aquí,
creciendo con los años,
haciéndose más fuerte,
más sabio,
más profundo.

Este amor que hoy,
una vez más,
escribe estas líneas
para decirte lo que el silencio ya sabe:

Te quiero.
Siempre.
Más allá de todo.
Más allá de mí, mi amado hijo.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Mayo, 2024.