Cuando naces,
formas un vínculo indestructible
con esa mujer que te da la vida.
Un vínculo tan fuerte
que ni la distancia
ni la muerte
pueden romperlo.
Ella me vio nacer,
me vio crecer.
Guardó mis primeros pasos,
mis primeras palabras.
Pero no me vio graduarme,
ni casarme.
No conocerá a sus nietos.
Y aun así,
el vínculo sigue intacto,
porque hay lazos
que no entienden de ausencias
ni de finales.
Más allá de la muerte,
seguimos juntas.
En mis sueños
aparece su rostro,
como si nunca se hubiera ido,
como si aún pudiera alcanzarla.
Y en ese instante,
la recuerdo…
la siento…
la llevo conmigo.
A ella,
este poema.