¡Que se rompa el cielo si digo mentiras!
¡Que se caiga a pedazos el agravio que me deja tu partida!
Porque no soy aún la reina de los despechados que busca, día y noche, que me ames tanto.
¡Porque no lo pedí, te digo!
No pedí que mis ojos se perdieran en el café de los tuyos.
No pedí que mi almohada me susurre tu nombre de madrugada.
Y tampoco pedí que nuestras angustias devoraran el rocío de nuestros amores, olvidando tú el sabor de mis licores…
Pero los tuyos… los tuyos se quedan en mí como un tatuaje enorme.
Es que es tanto mi orgullo, amor mío,
que no me deja respirar siquiera,
haciendo que cada rincón de mi piel grite tu nombre.
¿Dónde puedo apenas forjar, con tristeza, tu recuerdo?
¡Maldita pasión desbordada que traigo!
Ahora las letrinas son mis arraigos,
donde espero, pacientemente, romperme en miles de pedazos.