En una mañana silenciosa y fría,
cuando mi cuerpo tiritaba,
tomé mi guitarra en las manos,
dejando que sus cuerdas
hablaran por mí.
Sus notas sonoras
resonaban en aquella playa,
que al son de las olas
y al ritmo del viento
daban alegría
a mi corazón sediento.
Las palmeras danzaban,
los delfines bailaban,
y las gaviotas enamoradas
besaban el cielo
con su vuelo libre.
La noche, celosa,
abrazó mi cuerpo,
y las estrellas, coquetas,
daban vida al firmamento.
Y así, entre acordes y suspiros,
mi alma encontró su voz,
porque en cada nota dejaba
un pedazo de mi dolor.
Hasta que el mar, en su calma,
me susurró al oído:
que quien canta lo que siente
nunca está perdido.