Al principio miré el mundo
como quien bebe agua de una fuente clara,
con la fe sencilla
de que todo tenía un orden secreto.
Pero mis ojos aprendieron a quedarse.
Vi las promesas
deshaciéndose en la boca de quienes las decían,
las sonrisas usadas
como máscaras prestadas,
y los rostros cambiando de forma
según la luz que los mirara.
Entonces lo entendí:
cuanto más veía,
más se me caía el mundo de las manos.
Y mientras el ruido seguía allá afuera,
yo fui recogiendo mi silencio
como quien recoge cenizas.
No huí del mundo.
Solo aprendí
que mirar demasiado profundo
también puede cansar el alma.