Tuve envidia, se lo dije,
no tengo prejuicios, ni
positivos ni negativos, una
emoción —es solo eso, no
hay que darle más vueltas—
aunque con mala prensa
—qué se le va a hacer—,
unas empanadillas venecas
espléndidamente expuestas
en una mesa con hule vistoso,
a cuadros, como en las mesas
del Pomodoro, y sí, lo reconozco,
sentí envidia no por no poder
hincar el diente a esas empanadas
—no he puesto empanadillas
porque se me saldría demasiado
de sangrado—, sino por no poder
hacerlo en una vianda más sabrosa
aún, más deseada y apetecible
a mis menesterosas arcas: ella.
La tuve, y no me duele en prendas
expresarlo abiertamente, soy humano
y nada de lo humano me es ajeno —
Terencio dixit—, y me siento poder-
oso cuando demuestro mis debilidades
con tanta naturalidad, no es común,
por desgracia; y las susodichas empa-
nadillas fueron manzana de Tántalo
en el preciso instante en que vi el estado
susodicho, pero más manzana tantálica,
me atrevo a asegurar, fue no poder estar
presente en ese precioso ágape, con ella,
con sus amigos —que siento míos—, y más
aún, por no poder anonadar el espacio
que nos media entre ella y yo —más de mil
kilómetros, casi nada—.
Tuve envidia, mas una sana, mas creo
que este es un eufemismo muy socorrido
para tapar vergüenzas que no deben ser
tapadas, a mi juicio —todo lo contrario—,
y que la desnudez campe a sus anchas
como ya lo hacían nuestros ancestros
griegos en las palestras y los estadios.
¡¡Desnudémonos todos, arriba el nudismo!!