Cuando la muerte me libere,
no cerraré los ojos:
se abrirá otra manera de ver.
La luz no será imagen,
sino experiencia,
no será final,
sino comienzo.
Seré el pulso que no cesa,
la raíz que nunca viste,
el latido antes del grito.
Y en esa orilla sin opuestos,
sabré
como la sed que bebió su agua,
como el aire que olvidó su nombre
para ser solo movimiento.
Y ese movimiento
no irá hacia ningún lado:
será estar sin dirección,
será el centro que no pesa,
la caída que no toca suelo.
Dejaré de preguntarme
dónde empiezo, dónde acabo,
porque el eco que fui
aprenderá por fin
que no necesita origen
para ser voz.
Y en la transparencia
de no ser ya memoria,
todo lo que amé
estará conmigo
sin tener que recordarlo.
Antonio Portillo Spinola