Nataly Olarte

Desgracia fermentada.

Quisiera decirte que estoy bien, que perderte no ensordece cada órgano de mi cuerpo.

Pero el nudo en el estómago me advierte de una cuenta regresiva que no acaba jamás, una muerte anunciada que se consuma sin consumarse, que me consume sin consumirme.

 

Te veo en cada rincón de la casa, tu risa fantasma hace eco en el vacío de mis manos.

Te veo en cada casualidad, en los amores callejeros y hasta en historias que no se parecen a la nuestra.

Te veo en las banalidades de la vida, cuando me hallo habitando una existencia que no huele a ti.

 

Quisiera decirte que no me dueles, que no debo pasear cada día por las aceras de tu falla, sólo para poder convencerme de que el fin ha llegado.

Pero este dolor escarba entre mis huesos, me taladra el sentido y me arranca uno a uno los dientes.

Es visceral y traicionero, me desgarra las carnes dejándome indemne, para que nadie pueda adivinar el destrozo.

Se parece a otros y a ninguno, me escupe en la cara que la tristeza siempre puede ser más tristeza y el vacío, más hondo que el vacío.

 

El colapso es inminente.

Grita mi pecho a pálpito herido, su certeza despiadada me prepara la tumba en la que vampirezca me recuesto, para lamentosa despertar un día más sin ti.

La vida sabe a ceniza, la pluma huye de mis dedos que aprietan su cuerpo para soportar la ansiedad.

 

Obligada a ser piedra en la que chocan las olas de tu amor sobreviviente, me reprocho a mí misma este duelo que parece innecesario.

En el bucle de nostalgia en que se han convertido mis horas, retumba un \"siempre juntas\" enrevesado que debo ahogar en razones cuando me habla de posibilidades ya imposibles.

 

Hastía ya de las noches de por qués furtivos que se me enredan entre los párpados.

Sin derecho a una respuesta sincera o al menos a un disparo certero.

 

Te busco entre la gente, entre las letras,

 

en la oscuridad de este adiós con sabor a desgracia fermentada.