Yo estaba a dos pasos del desastre,
la risa flotaba como si nada;
mis manos se quedaron sin sangre
y el aire decidió no entrar en nada.
A las once, la calle ya era ajena,
y yo seguía —terco— en la esquina;
como si el tiempo premiara la espera,
como si amar fuera disciplina.
Horas invertidas en un gesto,
en una puerta que apenas se abría;
yo llamándolo entrega en voz baja,
cuando ya rozaba la cobardía.
Porque amar también es retirarse,
no mendigar lo que no se da;
pero yo confundí la constancia
con no saberme soltar.
Después vinieron las revisiones,
las preguntas a deshora, sin fe;
acusaciones que no eran mías…
y un silencio que sí fabriqué.
No fue el engaño lo que quebró todo,
eso solo llegó al final;
fue mi forma elegante de ausentarme,
de estar… sin realmente estar.
Ahora las once siguen pasando,
pero ya no me encuentran ahí;
aprendí que el desastre no avisa…
y que yo fui quien lo dejó venir.