Las manos del milagro
Recuerdo el silencio, el ruego y el celo,
el noble trabajo que el pan suscitó;
tus manos de seda, pequeñas de cielo,
donde cada borla un sueño anudó.
Chalinas y paños, historias tejidas
con hilos de esfuerzo, de fe y de sudor;
tus manos que fueron, en horas debidas,
el místico puente de un mundo mejor.
Esposa ejemplar de entrega constante,
fiel compañera de un único amor;
fuiste el apoyo, el alma y diamante,
que estuvo presente en el día del dolor.
Hasta el último aliento de quien fue tu vida,
cuidaste su sueño con santa piedad;
y aunque sufriste por la despedida,
nos diste cobijo con fe y humildad.
Te vi renunciar a los lujos del mundo,
privarte de todo por vernos crecer;
tu amor es un río, sagrado y profundo,
que dándolo todo nos vio florecer.
Buscabas la vida con frente muy alta,
vistiendo de gala nuestra humildad;
si tú estabas cerca, nada nos falta,
pues tu sola esencia nos dio dignidad.
Aún hoy te miro, constante y serena,
ventana abierta de noventa abriles;
tu vida es la fragua que el alma nos llena,
emprendedora de luces sutiles.
No hay tiempo que empañe tu fe inquebrantable,
luchadora eterna de estirpe y de luz;
tu entrega es un pacto, sagrado e inviolable,
que nos enseñó la victoria en la Cruz.
Me queda el aroma de aquella comida,
el gusto a sagrado que el fuego nos dio;
pero es tu plegaria, de fe revestida,
el mayor tesoro que Dios me heredó.
Orgullo de hijo, mi ángel en la tierra,
raíz de mi honor y mi firme verdad;
tu ejemplo es la paz que vence a la guerra,
tu abrazo es la cuna de mi libertad.
Madre amiga y confidente
Fuiste el desvelo que encendió mi estudio,
las alas de seda que me hicieron volar;
mi fe y mi carrera son solo el preludio
del hombre de bien que enseñaste a formar.
Desde el primer libro, la primera escuela,
hasta el día invicto de la graduación,
tu sombra amorosa fue siempre mi vela,
tu temple bendito, mi gran protección.
Me miras de frente y aún ves al niño,
aunque el tiempo al hombre su marca le dio;
me envuelves de nuevo con tanto cariño
que el peso del mundo se desvaneció.
Hoy eres mi guía, mi fiel confidente,
la voz de ternura que sabe mandar;
me pides que cuide, de forma consciente,
a quien desde joven me vino a amar.
\"No pongas dolores, no siembres abrojos\"
me dices con calma de gracia y de fe;
y yo te prometo, mirándote al rostro,
que a la dueña de mi alma fiel le seré.
Respeto y ternura serán mi bandera
por esa mujer que habita en mi interior;
seré su refugio, su paz verdadera,
su fiel redentor ante el previo dolor.
Madre que acoge con amor de cielo
a los hijos míos, tus nietos de luz;
tu voz de cristal es mi único anhelo,
tu fuerza es la estampa de amor en la Cruz.
Gracias, mi ángel, por darme el camino,
por ser el orgullo de mi rectitud;
que el mundo bendiga tu paso divino,
cuna de mi vida y mi eterna virtud.