Te escribí más de cien cartas de amor, enviadas con la devoción de quien deposita su alma en un buzón. Con cada sobre, te mandé una hoja en blanco, un espacio virgen esperando tu rastro, y un puñado de rosas frescas que llevaban el perfume de mi esperanza. Cada carta iba saturada de ilusiones y de sueños compartidos en el silencio, repleta de tantos anhelos que te contaba con ansias, imaginando el momento en que tus ojos recorrieran mis palabras.
Sin embargo, con el paso de los inviernos, esos sueños se fueron apagando lentamente, como brasas consumidas por el olvido. La llama que un día ardía impetuosa, iluminando mis noches de soledad, fue perdiendo la vida hasta convertirse en un tenue resplandor. Era una llama que me quemaba por dentro, una fuerza abrasadora que me provocaba gritar tu nombre al viento, buscando una respuesta que el eco nunca trajo de vuelta.
Todavía recuerdo la primera vez que regresó la primera carta; venía marcada con una nota gélida que decía \"devolver al portador\". Dentro, encontré la hoja en blanco intacta y las rosas, ahora marchitas y descoloridas, como un presagio del tiempo perdido. Aun así, mi terquedad fue más fuerte que la lógica y seguí mandando cartas, alimentando la esperanza de que algún día regresara esa hoja con tu letra fluyendo sobre ella, rompiendo el vacío que nos separa.
A veces me pierdo en conjeturas sobre tu destino. Me imagino que te mudaste a una nueva dirección donde el cartero no me conoce, o que tal vez te casaste y lograste rehacer tu vida lejos de nuestros recuerdos. Quizás, en mi torpeza, simplemente escribí la dirección mal una y otra vez. En verdad ignoro cuál sea la realidad de tu ausencia, pero a pesar del silencio y la distancia, lo único que deseo con sinceridad es que seas feliz, dondequiera que estés.
Tengo la certeza de que este último sobre regresará a mis manos, portando el mismo vacío inmaculado de siempre. Por eso, he renunciado al papel para hablarte a través de la tierra: he cultivado un jardín en el patio trasero que bauticé con tu nombre. Ahora, cada pétalo es una letra y cada fragancia un verso; he dejado que el amor que te tuve eche raíces, transformando las antiguas palabras en rosas que cobran vida cada primavera, floreciendo libres para el mundo.