No juzguéis a la rosa
cuando muestra sus pétalos marchitos
ante el mundo penosa,
no lo hagáis, señoritos,
pues antaño nombrástelos bonitos.
No juzguéis al invierno
cuya mano, en silencio, nos arranca
todo otrora lo tierno,
una rosa tan blanca,
pues al fin de su encierro desatanca.
Sí, juzgad a la mano
fría y cruel que del campo le arrebata,
dulce instante temprano,
para un vaso que la ata:
falta de alma y de ensueño se la mata.