El reloj se detuvo en la hora del frío, un aliento de escarcha rozó mi garganta.
Sentí que el abismo se hacía más mío, en esa penumbra que al alma quebranta.
Vi su guadaña, su sombra, su manto, el final era un paso, un simple vacío.
Pero ella pasó, ignorando mi llanto, y me dejó solo frente al desafío.
No hubo nombres escritos en el viento, ni un hilo cortado por manos de acero.
Quedé suspendido en un solo momento, un extraño viviendo en mi propio sendero.
Hoy camino bajo un cielo de invierno, con fuego en las venas y el pulso vibrando.
Le he ganado una apuesta al mismísimo infierno, porque la Muerte pasó... y me dejó esperando