Camina entre la gente
como si nadie pudiera verlo,
y yo lo veo más de lo que debería.
Hay algo en su silencio
que me llama con suavidad,
como si su forma de estar solo
conociera la mía.
Cuando pasa cerca,
mi corazón se desordena,
no corre: tiembla.
Y yo bajo la mirada,
como si en sus pasos
hubiera una verdad que me da miedo tocar.
No lo sueño en grande,
lo sueño en pequeño:
en un cruce de miradas,
en el instante en que el mundo
parece detenerse solo para él.
Él no sabe que habita
en un rincón de mi día,
donde guardo las cosas que no digo
pero que me sostienen.
Y aunque nunca me acerque,
aunque su distancia sea su casa,
yo lo quiero así,
como se quiere a lo imposible:
sin pedirle nada,
solo agradeciendo que exista.