Y un día la niña me dijo:
no dejes de escribir,
como si el mundo dependiera de su tinta
y mi ausencia de sus manos.
Y puso en mí
la libreta de noches estrelladas,
como quien entrega un corazón encendido
para que no se apague.
Después se fue,
suave,
como se van las cosas que duelen para siempre.
Y conocí la nada.
La casa quedó abierta,
respirando su vacío:
las llaves colgadas como un recuerdo inútil,
la puerta temblando en su abandono,
y la angustia corriendo por mis venas
como un río oscuro.
La nada parió su ausencia
y me dejó su nombre
golpeando las paredes del silencio.
Entonces dejó de ser,
y se hizo libre en cada palabra,
en cada verso que nace como primavera,
en la luz derramada al amanecer
sobre nochebuenas encendidas.
La niña —
ahora lo sé—
es la poesía:
se desviste en silencio
y se cubre de fantasía,
como la noche cubre de estrellas
lo que no puede tocar.
Cuando tomé la libreta
quise decirle: no te vayas,
pero ya era tarde,
y el frío de sus manos
se quedó conmigo.
Desde entonces escribo,
como quien llama a alguien que no responde,
como quien espera
que el amor regrese
con la misma suavidad con la que se fue.
Y aún imagino
que vuelve,
y me toca,
y todo vuelve a escribirse.