Un Dios amoroso no baja con truenos, ni dicta sentencias desde la altura; se sienta, más bien, en el borde de lo que duele, y espera.
Un Dios amoroso no cuenta tus caídas, sino las veces que respiraste después de querer desaparecer.
No pesa culpas, no mide distancias; solo abre caminos invisibles donde antes había muros.
Y uno camina, sin darse cuenta, con los bolsillos llenos de dudas, pero con una extraña certeza creciendo despacio, como si alguien, sin hacer ruido, estuviera acomodando el destino.
Porque cuando en el cielo se pierde una estrella, no es ausencia lo que queda, sino espacio para que otra, más terca, más viva, se encienda justo frente en el camino.
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Rafael Blanco López
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