Como un oso que inverna
en su cueva,
sin esperar nada
del exterior,
habitando el silencio
como la mayor certeza.
Como un pájaro
que llama a la primavera,
aunque el invierno persista,
mientras otras flores se abren en la nieve.
Como un pez en su pecera,
que comprende
que la existencia tiene un claro final, morir sabiendo lo justo.
No por falta de deseo,
de impulso o de ideas,
sino por ser tan real
que, en la frontera
de lo invisible,
los propósitos
se diluyen por orden natural.
Y así, mientras los días transcurren,
y en el fondo todo es uno,
no por ausencia de presencia,
sino porque el tiempo
va a lo suyo.
Al compás del piar de los pájaros
junto a la orilla del río,
mientras otras vidas cruzan el sendero
siguiendo su rumbo,
en el aquí y ahora
de este presente sin fisuras,
sin dudar
ni un segundo,
entre el oso, el pez y el pájaro,
la luz y la sombra,
lo visible y lo oculto,
sigo tejiendo en silencio
mis propios hilos
que, como el viento,
se disuelven
sin saber adónde van,
en su propio orden natural.