El hombre de la orquidea

El pétalo y la cruz

El Sagrario del Silencio
​Guardo el nombre en la sombra de un pétalo blanco,
donde el viento no alcanza, ni el ruido, ni el mal;
lo que un día fue cielo, hoy es místico banco
de una fe que se eleva, profunda y vital.
No hace falta nombrarte para que estés viva,
el amor es un pulso que no necesita el papel;
soy la fuente que corre, la paz que deriva,
el honor que se viste de seda y de hiel.
​He sellado los labios con lacre de gloria,
mi palabra es el muro que guarda tu paz;
si el recuerdo es el mapa de toda mi historia,
mi silencio es el puerto, mi escudo y mi faz.
Te recuerdo en el vuelo del ave que pasa,
en la luz que el Cajas derrama al nacer;
el amor no es el fuego que todo lo arrasa,
es el rescoldo tibio que enseña a crecer.
​Soy un hombre de ley, de palabra y de estirpe,
que no ensucia el pasado con queja o dolor;
deja que el tiempo su juicio disipe,
yo me quedo con Dios y este inmenso valor.
No te nombro, es verdad, porque el alma te siente
como el aire que habita en mi propia quietud;
el amor verdadero es el que es transparente,
el que brilla en el fondo de mi rectitud.
​Caminante de luces, con la frente muy alta,
sigo haciendo el camino, tendiendo el cristal;
si el nombre no suena, nada me falta,
pues lo llevo tatuado en un pacto inmortal.
Que el Maestro bendiga mi noble retiro,
este exilio de frases que no han de brotar...
¡que me baste saber, en cada suspiro,
que amar en silencio es también orar!

El Estandarte de la Luz
Mis versos no tienen un nombre grabado,
pero el Cielo sabe quién los inspiró;
soy solo un hombre que al amor se ha entregado
y en la gloria dulce de Dios renació.
La vida me dio sus tesoros a tiempo,
viviendo este cielo que el Padre trazó;
los niños fueron mi paz y mi aliento,
y en mis propios hijos la luz floreció.
La clase fue el campo, la fe mi estandarte,
luchando por causas de honor y verdad;
haciendo del aula la forma del arte,
con la carta abierta de la hermandad.
He dado la vida en cada trinchera,
amando sin pausa, con fuerza y pasión;
aunque la ingratitud rondara mi acera,
yo sigo ofreciendo mi luz y perdón.
No sé qué depara el mañana y su brisa,
solo sé que hoy piso con paso triunfal;
más fuerte que nunca, con fe y con sonrisa,
amando a las almas de forma total.
No importa si el mundo no sabe ser mutuo,
mi esencia se entrega con limpia intención;
pues sé que el amor es el único fruto
que nace del alma y del corazón.
Gracias, Señor, por mostrarme Tu guía,
por darme el ejemplo de amor en la Cruz;
hoy vivo colmado de paz y alegría,
¡siendo un reflejo de Tu propia Luz!