Tu espejismo retemplado
sobre la llanura de la tarde,
rojizo, un poco ebullido,
y más que nada, en el lienzo fino
de tu carne, ese valle que es tu piel;
los sauces sudoríparos de tus manos,
y el cañaveral dulce y frío que es mi esqueleto.
Mas, pronunciar tan laconica
manera de balbucear, tan desatinado
sistema es testarudo y un tanto analfabeto.
No. Tu cuerpo no es mar, fuego, tierra;
tus manos, tus lozanas piernas,
me son en toda su materia indiferentes.
He presenciado el talle rizo de tu cabellera,
tu inquieta figura dentro de mis parpados,
la ondulada amapola de tu cuerpo,
y todo esto me sigue siendo falso,
pues me he adherido al sonido de tu boca;
al olor imaginario de tus pensamientos
(ese verdadero valle tan empedrado y tan autentico);
al sabor transparente de tu risa,
y a ese tan recóndito y multiforme
pliegue de memoria que me lleva a ti.
No me malentiendas, por favor,
pero es que no te quiero con mis órganos,
ni con mi tácita estructura limbica
ni con la temblorosa necesidad de tu sangre,
pues si así fuera,
¿qué sería de todo aquello si algún día
mi cuerpo enfermara?
Me estoy precipitando,
pero, en verdad, te quiero, con el deseoso
raciocinio de ser cómplices en soledad,
con el cardiaco afecto que soporta vicisitudes,
y, no sin más, con el alma,
como el rumor apasionado que eres,
con tu personalidad ensoñadora
y, más que nada, con la larga noche
y con mis infantiles ganas de tu amor.