Entrar en la oscuridad con una luz sólo
nos permite conocer la luz.
Para conocer la oscuridad hay que ir a oscuras.
WENDELL BERRY
Tan real como el brillante fuego de los febriles días del estío
es la luz que habita en la sombra.
La calima difumina el horizonte,
espera la serena frescura del crepúsculo rosado.
Avanza pesadamente el atardecer silencioso.
¿Qué hay en la oscuridad indolente de la noche?.
La negrura sugiere la gran evidencia
que la luz rotunda con su eficiencia nos oculta.
Hay en la noche un universo de acerados hilos luminosos
que hablan de otros mundos tan vivos como éste,
un silencio sentido en la apacible y oscura soledad
que los narradores de mitos saben quimérico,
donde se libran las grandes batallas de la eterna alegoría.
La noche, el otro lado, el envés,
en el que la vida transcurre palpando sueños y formas,
con un tempus atenuado que sucede al ocaso.
En la penumbra templada y oscura se diluyen los límites
surgiendo masas informes que ocultan su naturaleza,
guardando los colores del mundo,
que es el mundo mismo;
escondiendo su matizada realidad, esencia y envoltura de la expresión visible.
Conoces los arrabales, las orillas de la ciudad que habita en mí;
la atmósfera cambiante de mi orografía interior;
la pesada niebla, fría, pegadiza, impenetrable,
del valle de los atávicos recuerdos,
y cómo se desprende el vaho con el Sol de esperanza
y las brisas nacidas en los veneros de la verdad.
Espérame en la tarde cuando el descanso nos reclama,
diremos del misterio y de la sombra,
de la imposible relación entre las cosas
y de los símbolos que habitan en ellas haciéndolas eternas.
Hablaremos quedo sin alterar el rumor de la brisa en la retama,
mostraremos nuestra oscuridad perfilada por la luz de la Luna,
perfecta claridad para conocer el brillo y verdad de tu mirada.
Somos espejo que realza las sombras de la afectividad,
transforma lo que niega la ternura, el reflejo
de nuestra propia verdad reflejada en el espejo.
Huye con la luz y de ella
y muestra su verdad sobre la solidez de la tierra
por la que se desplaza en sordo juego ignorado,
como un embrujo,
como el sonido inadvertido del corazón que sostiene la vida.
Inquebrantablemente encadenada a mí,
inseparable compañera mía,
parte de mi yo, inexcusable, de irremediable fidelidad,
desaparece cuando lo hace la luz y, entonces, muestra su soberanía.
Sagaz en su disimulado poder,
al acecho del momento certero para mostrarse de súbito,
traza altanera el dominio de sus profundidades.
Un día me desharé de ella cuando esté difuminada en su debilidad.
Descubriré su juego.
Esperaré Luna Llena
y, en la playa de fina arena húmeda, la cortaré con tijeras de plata.
Dejará de vivir a mi costa y desaparecerá exangüe falta del fluido vital.
Desconozco que será de mí en su ausencia.
Presiento que me habré aniquilado.