En una tarde de verano,
mirando el horizonte
que me hablaba de lejos,
con su voz calmada y sonora
arrullaba mi alma,
llevándola a lo más profundo
de aquella montaña.
Los ríos corrían fuertes y veloces,
los peces nadaban libres,
y los pájaros entonaban su canto,
llenando el aire de vida y encanto.
Allí comprendí el sentido del momento:
que la paz no se busca,
se encuentra en el silencio del viento,
en el murmullo del río
y en el latido lento del tiempo.