Inclinada la mano —ardiente, incierta—,
al ígneo cetro en sombra desatado,
mientras, de ajeno aliento inusitado,
roza la seda cárcel entreabierta.
Cede al tacto la tela, y ya despierta
la oculta llama en giro desbordado;
yace el pudor, en nudos enlazado,
do Venus su fulgor apenas vierte.
Cabalgas, y en el aire, suspendida,
gime la luz ceñida a tu cintura,
prisión de dos en una sola herida.
Y al trance en que culmina la ventura,
rinde su ardor la cándida encendida
nieve al licor que en sombras la apresura.
MarcosH