Sentí tu voz, como un eco gitano,
un ruego invisible pidiendo el favor;
y Dios, al tocar mi pecho cristiano,
suscitó en mi alma el milagro de amor.
No existe la gloria en amar al que ama,
la gracia es la ofrenda que sabe perdonar;
por eso respondo a esa mística llama
y el pálpito dulce de verte brillar.
Sintiendo el latido que el pecho me rasga,
entiendo que ahora me necesitas más;
no importa que el tiempo tu voz me distraiga,
yo soy esa fuente que te ofrece paz.
Ahora, más que nunca, seré luz y abrigo,
la gota de miel en tu amargo dolor;
no pido palabras, ni siquiera estar contigo...
¡mi dicha es verte feliz de verdad,
Existe una paz que el alma comprende:
la de ser la mano que ayuda a subir;
una luz bendita que el pecho desprende
y que solo busca el milagro de servir.
Es siempre una fuente, un abrazo, una guía,
la calma que habita en la noble verdad;
el honor es siembra de fe y alegría,
un canto de vida y de fraternidad.
Como el sol que besa la alta montaña
y no pregunta a quién su luz alcanza,
el bien es un fuego que nace en la entraña:
no busca el pago... ¡brinda esperanza!
No es menos luz el sol porque existan las sombras,
ni es menos pura el agua en el desierto;
el valor no depende de que otros lo nombren,
sino de las flores que puedes brindar.
Sigue sembrando, caminante de gloria,
bajo el amparo de Dios y Su abrigo...
que si el amor no basta para la historia,
¡basta que el Cielo camine contigo!