LA PRIMERA MENTIRA
No empieza con la guerra.
Empieza
cuando una palabra sagrada
aprende a mentir.
Entonces despierta la bestia.
Trae banderas limpias,
himnos recién lavados
y hombres que juran
estar salvando al mundo.
La llaman justicia.
La llaman orden.
La llaman libertad.
Y la multitud responde
como si rezara.
Pero la tierra no reza.
La tierra recuerda.
Recuerda siglos enterrados,
lenguas rotas,
el mismo rugido
cambiando de boca,
prometiendo auroras
mientras abre fosas.
Por eso tiemblan las montañas.
No por miedo.
Por memoria.
Cada siglo
pare una bestia nueva
con los mismos dientes.
La sangre no olvida.
Desciende,
se espesa en la raíz
y espera.
Espera bajo las ciudades,
bajo los imperios,
bajo las estatuas.
Hasta que un día
sube.
No como justicia.
Como memoria.
Entonces el rugido
cambia de dueño.
Y las estatuas
—las que hoy miran al cielo—
aprenden por fin
la antigua ciencia
de caer.
Pero hay algo
que los siglos repiten
sin saberlo:
la bestia
nunca llega de lejos.
Solo espera
a que alguien
abra la puerta.