LA PRIMERA MENTIRA
No empieza con la guerra.
Empieza
cuando una palabra sagrada
abre su primera grieta
y aprende a mentir.
Entonces algo abre los ojos.
No viene de lejos.
Respira bajo la costilla,
se estira en silencio
como un animal que ya sabe el camino.
Le limpian la lengua,
le alisan la voz,
le visten de blanco las manos,
le sujetan el grito.
Y sale.
Trae banderas limpias,
himnos recién lavados
y hombres que juran
salvar el mundo.
La llaman justicia.
La llaman orden.
La llaman libertad.
Y la multitud responde
como si rezara.
Pero la tierra no reza.
La tierra mastica y recuerda.
Mastica nombres antiguos,
lenguas rotas,
el mismo rugido
ocupando otras bocas,
prometiendo auroras
mientras cava fosas.
Por eso tiemblan las montañas.
No es miedo.
Es memoria que se mueve.
Cada siglo
pare una bestia nueva
con los mismos dientes.
La sangre no olvida.
Desciende,
se espesa en la raíz
y espera.
Espera bajo las ciudades,
bajo los imperios,
bajo el bronce,
bajo los pies que olvidan.
Hasta que un día
sube.
No trae palabras.
Empuja.
No como justicia.
Como memoria.
Entonces el rugido
cambia de dueño.
Y las estatuas —
erguidas en su mentira vertical —
aprenden el peso,
la antigua ciencia
de caer.
Pero hay algo
que los siglos repiten
sin saberlo:
la bestia
nunca llega de lejos.
Respira.
Espera.
Y cuando alguien señala afuera,
cuando escupe lejos,
cuando inventa fronteras
para no mirarse,
alguien —
tibio,
paciente —
gira la llave.
Sin ruido.
Y descubre
que siempre estuvo abierta.