Adrian Alfaro

Mi amor, vive en La Banda.

Hay amores que nacen condenados,
no por falta de intensidad,
sino por exceso de realidad.

Nos encontramos en el momento equivocado,
en ciudades que no se tocan,
en horarios que nunca coinciden del todo,
como si el universo jugara a separarnos
con la precisión de quien sabe exactamente
dónde duele.

Y aún así…
nos elegimos.

Nos elegimos en llamadas que terminan en silencio,
en mensajes que se quedan esperando respuesta
no por desinterés,
sino por cansancio de una guerra invisible:
la de querer estar…
y no poder.

Porque hay abrazos que no cruzan pantallas,
besos que se quedan suspendidos
en la promesa de un “algún día”,
y manos que aprenden a extrañarse
sin siquiera haberse sostenido lo suficiente.

Y duele…
duele de una forma distinta.

No es la traición,
no es el olvido,
es algo más cruel:
es saber que el amor está,
que es real,
que respira…
pero no alcanza.

A veces amar así
es aceptar que no todo lo que se siente
está destinado a quedarse.

Que hay personas que son hogar,
pero en un mapa al que nunca llegamos.

Y entonces uno aprende
que también se puede amar en silencio,
a distancia,
con el corazón lleno…
y las manos vacías.