No cerraba el alcohol
a mis heridas.
Supuraban soledad y tristeza
bajo una piel muerta,
que tapaba por pudor sus bocas abiertas.
No se llenaba el pozo
de la dependencia,
la sinrazón navegaba
los ríos de mi sangre etílica.
Los sentidos no eran míos.
Sin saber quién lo mandaba,
cuantas veces lo pedían
copas de muerte les daba.
Vivía en una salmuera líquida
que sangraba las paredes de mi alma,
que regaba el secano de mi vida.
Hasta que un día me toco
beberme las lágrimas
que había sembrado,
y me tragué mares y mares.
Y aún hoy, es la única bebida
que sigo eternamente tomando.