José Bayón Garcinuño

Chuzo

No cerraba el alcohol 

a mis heridas.

Supuraban soledad y tristeza 

bajo una piel muerta,

que tapaba por pudor sus bocas abiertas.

 

No se llenaba el pozo

de la dependencia,

la sinrazón navegaba

los ríos de mi sangre etílica.

 

Los sentidos no eran míos.

Sin saber quién lo mandaba,

cuantas veces lo pedían

copas de muerte les daba.

 

Vivía en una salmuera líquida

que sangraba las paredes de mi alma,

que regaba el secano de mi vida.

 

Hasta que un día me toco

beberme las lágrimas

que había sembrado,

y me tragué mares y mares.

Y aún hoy, es la única bebida 

que sigo eternamente tomando.