En la prolija soledad donde a veces me descifro,
aprendí que no todo lo perdido fue derrota;
hay una sonrisa de mujer que, sin prometer milagros,
me devuelve a la vida como vuelve el alba a una ventana.
Vengo de un camino áspero, de una infancia con relámpagos,
de esas noches donde uno envejece antes de tiempo;
pero también vengo de mí, de haberme alzado tantas veces,
que ya no llamo ruina a la caída, sino ensayo del regreso.
Porque hay rostros que no salvan: despiertan.
Y en esa claridad cabe una fe sencilla y obstinada:
seguir amando sin pedirle permiso al miedo,
seguir de pie, como quien ha llorado mucho y aun así florece.
De eso se trata, quizá: de resistir con ternura,
de no dejar que el pasado dicte la forma del porvenir;
si una sonrisa ha podido traerme otra vez al mundo,
entonces todavía hay futuro, y vale la pena ir hacia él.