Qué costumbre esta de estarse haciendo viejo,
de irse llenando de ayeres como quien junta piedras preciosas en los bolsillos.
No es que los años pesen, es que se van quedando,
se nos pegan a la piel como un aceite manso,
y uno se va queriendo más, así, con sus grietas y sus pedazos.
Me miro al espejo y me reconozco con una alegría lenta.
Soy este que camina, el que se equivoca, el que ya no tiene prisa.
He dejado de pelearme con mi sombra
porque al final, la sombra es la única que no me deja solo.
Y aquí en la casa, la vida sucede sin que nadie la empuje.
El café de la mañana que huele a rito sagrado,
el ruido de los hijos que son como pájaros despeinados en el pasillo,
y tu cuerpo, mujer, que es mi geografía de todos los días.
Todo es tan común que parece un milagro que no nos hayamos dado cuenta.
La nostalgia no duele, es solo un modo de estar presentes.
Es el equilibrio de saber que lo que se fue, se queda alimentando el hoy.
Estamos vivos, carajo, estamos llenos de tiempo,
atrapados en esta red de afectos domésticos,
aceptando que la eternidad es esto:
un domingo cualquiera, la mesa puesta,
y nosotros queriéndonos a pausas, entre el plato y la sonrisa.