Caen sin saber.
Como espigas segadas por un hierro
que no pregunta el nombre del trigo.
Iban con la vida en la boca,
con el pan todavía caliente en las manos,
con un “luego” colgado del aire,
y el aire se volvió cuchillo.
No hubo aviso.
No hubo cielo que se abriera en señal.
Solo el golpe,
seco como una puerta que se cierra
para siempre.
Y en el quicio, un “te quiero” a medio decir.
Madres con la sangre en los ojos,
padres clavados al suelo,
hijos que ya no tienen edad
porque el tiempo los ha soltado.
¿Quién les dijo por qué?
¿Quién les dio una razón
que no fuera la pólvora,
la metralla,
la orden sin alma?
Nadie.
Yacen como tierra recién herida,
con el cuerpo todavía preguntando
lo que la boca no pudo.
Pero escuchad…
debajo de la tierra no hay silencio.
Hay un latido oscuro,
una raíz de grito
que empuja hacia arriba.
Porque el muerto sin causa
no se queda quieto:
crece en los ojos del vivo,
se hace memoria,
se hace puño,
se hace nombre que no consiente el olvido.
Que no los entierren del todo.
Que no los cubran de costumbre.
Que cada vida arrancada sin motivo
sea semilla de verdad
o no habrá cosecha
que merezca llamarse humana.
Antonio Portillo Spinola